jueves, 31 de mayo de 2012

Crónicas desde Valderrobres II

Hoy he salido a caminar. Como la mañana ha sido calurosa, he esperado a esa hora de la tarde en la que el sol dora las piedras y refresca algo. Preguntando se va a Roma, así que preguntando he tomado un camino que me ha llevado por la ribera del río Matarraña hasta un pinar. En el monte de Valderrobres crecen plantas que gracias a mi padre conozco por sus nombres, olores y sabores: el hinojo, que sirve para aliñar ensaladas y salsas de yogurt; el romero, que es muy depurativo y del que salen ricas infusiones relajantes; el tomillo, que a mí me parece el orégano de la Península Ibérica. Al final me he decidido por un ramillete de mielgas y unas flores rosadas que desconocía. A punto he estado de arrancar unas bonitas varas que acaban en pompón, pero me he acordado que mi madre les llama ajos bordes. Y eso me ha echado para atrás como a un vampiro.


 

jueves, 24 de mayo de 2012

Crónicas de primavera en Valderrobres I


Por los caprichos de las listas de secundaria, esta primavera he acabado exiliada en el pueblo turolense de Valderrobres. Instalada en un vetusto apartamento con viguetas de madera y muebles de estilo rústico, husmeo desde los balcones los movimientos de los grupos de turistas que cruzan el puente de piedra. Y recuerdo con una mezcla de cariño y espanto mi época de guía para grupos de jubilados.
A ratos, tengo que pararme a pensar qué hago aquí, si estoy trabajando o pasando la primavera en unas deliciosas vacaciones rurales. Pronto, los exámenes por corregir o las clases de Historia por preparar, me sacarán del ensueño. También la soledad, que a ratos es un dulce levemente amargo.

Hoy he visitado la biblioteca y he cogido una película de Ken Loach y un libro de poesía de Pablo García Baena.  Luego me he ido a una terraza, al borde del río y he tomado un cortado mientras escuchaba pájaros y conversaciones en dialecto catalán. Por comenzar de alguna manera.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Cierran los cines Renoir

Cierran los cines Renoir
Sabíamos que iba a pasar, que acabarían cerrando los cines Renoir. Hace ya años que el público de estas salas se había reducido y envejecido salvajemente. Y eso que aquí y sólo aquí, se proyectaban las películas dobladas, contra la línea de Versión Original Subitulada en Español de la marca Renoir, que tan bien funciona en Madrid o Barcelona. Hacía tiempo que Ana y Sergio, trabajadores de Renoir, magníficos recomendadores de películas y regaladores de palomitas, lo comentaban: que se ganaba más dinero con las bebidas que vendían los domingos de fútbol a los hinchas de la Romareda que con la taquilla de las sesiones de cine.  Desafortunadamente, la Romareda no cierra, pero los cines Renoir sí.

Puedo decir que he pasado más momentos mágicos de cine en estas salas que en ningunas otras de la ciudad. Durante bastante tiempo, mientras la vida me lo permitió, fui asidua a las sesiones de las 16.00h. a las que iba sola, amadrinada por Ana y aconsejada por Sergio. Recuerdo sesiones de belleza apabullante, como “La escafandra y la mariposa” de Scnabel o “Io sonno l’amore” de Luca Guadagnino; de escalofrío contenido como la sueca “Déjame entrar”;  de risa dominguera como “Gianni y sus mujeres”; de historias comprometidas a lo Ken Loach o Costa Gavras. Algo de cine español, pero sobre todo mucho, mucho buen y pequeño cine europeo.


PD: Ya lo he escuchado, ya lo he leído, que es una pena, que la cultura de esta ciudad sufre una gran pérdida con el cierre de estas salas. Todas esas palabras engoladas que se dicen en los funerales cuando no te tocan de cerca. Y yo, simplemente  preguntaría: ¿Pero tú ibas? Porque yo sí.